Si llevas tiempo haciendo ejercicio o acabas de empezar, probablemente nadie te haya hablado de esto con claridad. Se menciona de pasada en clases de yoga, aparece en internet envuelto en miedos, y la mayoría de los entrenadores lo ignoran por completo. Pero el suelo pélvico es, quizás, la estructura que más influye en cómo te mueves, cómo rindes y cómo te sientes en tu cuerpo.
Este post no va de ejercicios de Kegel. Va de entender por qué entrenar sin tener en cuenta tu suelo pélvico puede ser, sencillamente, entrenar mal.
Primero: ¿qué es exactamente el suelo pélvico?
Imagina una hamaca muscular que cuelga entre el pubis y el coxis, sosteniendo la vejiga, el útero y el recto. Eso es tu suelo pélvico. Un conjunto de músculos, fascias y ligamentos que trabajan sin parar, aunque tú no seas consciente de ello.
Su función no se limita a controlar el pipí, aunque eso ya sería suficiente para tomárselo en serio. También es parte activa de tu core, regula la presión abdominal cuando corres, saltas o levantas peso, y tiene un rol directo en la sexualidad y en los procesos de parto y recuperación posparto.
Lo que el ejercicio convencional pasa por alto
El problema no es el ejercicio. El problema es el ejercicio sin contexto. Un programa de entrenamiento diseñado sin considerar la presión intraabdominal que genera cada ejercicio puede, con el tiempo, sobrecargar el suelo pélvico o dejarlo completamente al margen.
Esto es especialmente relevante en tres momentos de la vida de una mujer:
Señales que tu cuerpo lleva tiempo mandando
Muchas mujeres normalizan síntomas que tienen solución. No porque sean descuidadas, sino porque nadie les ha dicho que eso tiene nombre, tiene causa y tiene abordaje.
